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La carrera estaba a punto de empezar. Tras la vuelta de calentamiento, los coches empezaron a rugir sus motores de verdad. Todos estaban esperando impacientes a que el semáforo cambiara a verde. Un gran trueno se esparcía por todo el circuito como una afinada sinfonía. Todos los coches estaban acelerando al unísono. Distraídos con el espectáculo, ni Antón, ni Andrés, ni Andrea (y mucho menos el profesor Rego, con la mente siempre en un planeta distinto), se dieron cuenta de que tres gradas más arriba, tras un periódico al revés, una pistola de dardos somníferos apuntaba al profesor Rego. Cuando la pistola estaba a punto de hacer click, algo muy contundente, también camuflado por un periódico, tocó la espalda del tirador.

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—Qué tal, Aro. ¿Viendo la carrera?

—¡Teniente Mac Cain! Está claro que las playas de Cádiz son un imán para los guiris.

—Un imán es lo que estoy yo buscando.

—¿Cree que he vuelto a trabajar para Oscura? No, no, señor, no es así. Sólo me junté con esa loca porque necesitábamos material para los abominables. Fue un encargo del Sr. R. Mire, aquí aparece, en un artículo del periódico: “La gobernadora de California decide rebajar el gasto social excarcelando a más de dos mil presos de las cárceles”.

—Pero ¿qué me cuentas, Aro? Esta no es Oscura.

En el pequeñísimo lapsus de tiempo que el teniente Mac Cain necesitó para echar un vistazo, Aro había disparado su dardo somnífero al profesor Rego y emprendía la huida saltando de las gradas a la zona de boxes.

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—¡Aro! —gritaron Andrés y Andrea—. ¡Ha disparado a tío Jorge! Antón, cuida de él.

—¡Maldita sea! —refunfuñó el teniente Mac Cain.

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