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A la mañana siguiente, Andrés servía a su clientela, aprovisionándola de uno de los más naturales, sencillos y exquisitos manjares: la fruta.

Acostumbraba a hacerlo jovialmente, cruzando algunas palabras con sus clientes. Pero hoy miraba hacia el gentío, intentando descubrir a una mujer alta y rubia. Andrea, que con el mismo fin transitaba por allí, se acercó al puesto.

—¿La has visto ya? —dijo ella con un cesto en la mano, fingiendo preguntar el precio de algo.

—No, aún no —le contestó él—. De todas formas, no tiene que ser muy difícil distinguirla. Fíjate en que vaya vestida a rayas y ya está.

Andrea se apartó del puesto, vio una señora gorda vestida con un horroroso traje de rayas verticales, a otras ancianas, a jóvenes, pero ninguna daba el aspecto de ser una espía de una peligrosa organización del mal.

De repente, cuando Andrea aún no estaba muy apartada del puesto, Andrés identificó, entre montones de caras anónimas, el rostro de Dominoe acercándose arrastrado por la inercia de la muchedumbre.

—Señorita, señorita —llamó Andrés a Andrea—. Aquí tiene ya la fruta que me encargó.

Andrea se acercó y Andrés continúo:

—Fíjate bien, es esa, no, no, no, esa no, aquella —le corrigió a Andrea, que había mirado en otra dirección.

—¿La ves ahora?

—Sí.

—Estupendo. Estará esperando a que cierre el puesto para poder seguirme, ¿lograrás entorpecerle el paso?

—Claro.

—Pues, suerte, entonces.

Luminoso

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