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No podía ser una noche más serena y hermosa de verano.

A pesar de haberse ocultado ya el sol, los brillos anaranjados se habían quedado pegados en el cielo y el oscuro azul marino repleto de estrellas lo iba cubriendo poco a poco, saboreándolo lentamente.

Los últimos dorados llenaban la playa y hacían que el brazo de mar se confundiera con la arena.

–Eres la gatita persa más coqueta que he visto en mi vida, tan blanquita y con esas coquetas rayitas grises en tu suave pelo. Cegato está muy contento contigo y tú también ¿verdad, Dominoe? –la gata maulló cariñosamente.

–Tío, ¿ha venido ya Andrés? –preguntó Andrea.

Justo en ese momento, llegaba Andrés del mercado con su nueva moto.

Sin dejar que se quitara el casco, Andrea le abrazó estampándole un apasionado beso.

Juntos se acercaron al embarcadero.

Sus pies colgaban sobre el oro acristalado del mar, en una quietud plena, allí les esperaban sus amigos los delfines.

Estaban charlando animadamente los cuatro cuando su tío los interrumpió:

–¡Carta, carta, del profesor Gustav! Ya la he leído. Os gustará.

El doctor Rego se la entregó a su sobrino y luego se marchó a hacer sus cosas.

Andrés la leyó en voz alta:

Hola a todos, espero que estéis todos bien. Por aquí todo tranquilo, recibiendo noticias. Antes de nada, deciros que ya sabía lo que me contasteis de Aro. Claro que estaba perseguido por la INTERPOL. Era un especialista en atracos de guante blanco. Me avergüenza reconocerlo, pero la financiación de la OPI y de mis investigaciones provenía, en gran parte, de ahí.

Bueno, a lo importante: cómo me alegro de que estés a salvo, Andrés, pero sobre todo me alegro de que Andrea, después del gran riesgo que corrió, esté también sana y salva. Volverte a simplificar, Andrés, fue una buena idea. Arriesgada, pero bueno, ahí está Andrea tal cual.

Por aquí, bueno, todo ha cambiado desde que los delfines nos recogieron. El señor R. escuchó las “milagrosas voces” y se creyó en serio lo del giro en su vida y lo de ayudar de verdad a los pobres inconformistas que tienen tanto que ofrecer pero que no tienen oportunidades.

Tanto es así que me obligó a que lo simplificara con un monje de clausura y ahora están los dos en constante discusión en su mente cada vez que el señor R. quiere un vermouth y el monje quiere meditar.

En fin. Lo bueno es que mis queridos amigos los delfines me contaron que el plan consistía en convencerle de que me dejara a mí la dirección de la O.P.I y eso fue lo que hizo.

Yo lo primero que hice fue acondicionar la isla para que los abominables pudieran estar libres y en paz.

Por cierto, dale recuerdos a Dominoe, curioso caso, tu tío lo podrá estudiar, yo destruí mi errática máquina. Os estoy muy agradecido a todos.

PD*. Los delfines me dijeron que se pasarían por ahí.

Desde el mar, frente al embarcadero, se escucharon las características risas de los delfines, atentos a la lectura de la carta; Andrés y Andrea también rieron.

Darío

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