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O al menos eso era lo que pensaba míster Philp mientras iba, a última hora de la mañana ya, al mercado a hacer la compra.

El señor Philp era un residente de origen inglés, alto, rechoncho y con una graciosa barbita perfilando su redondeada cara.

Al entrar al mercado, atravesó, como era su costumbre, la zona de carnes y pescados en dirección a los puestos de frutas. Al frente de uno de ellos, se encontraba su joven vecino y amado amigo Andrés:

—Hola, Andrés, ¿qué tal te va?

Sin poder evitarlo, sus ojos se clavaron en el enorme sapo que Andrés tenía entre las manos. Con mucha fatiga, exclamó:

—Oh, my god, esconde eso o apartarás a toda tu clientela.

—Hola, míster Philp. Estaba hablando con Ernesto de las maravillas de la evolución y de la genética. Se han necesitado muchos millones de años de información genética transmitida de generación en generación para que este sapo tenga la forma que tiene hoy en día. Aunque muchos se nieguen a aceptarlo, con los humanos, ocurre exactamente lo mismo, nos vamos auto perfeccionando y auto advirtiendo con la información codificada en nuestros genes, así es como me lo explicaba a mí mi tío Jorge.

—¡Ni tu tío Jorge te compraría fruta viendo saltar ese sapo por ahííííí! —le gritó el viejo señor Amador desde el puesto de enfrente con su voz toseada.

—Cállate, viejo pesado, tú ni tan siquiera tienes clientes que espantar —argumentó míster Phill con su característico acento inglés.

—A mí todo eso del sapo me parece muy bien —dijo el compañero de clase de Andrés, Ernesto, mientras se peinaba con los dedos los revoltosos rizos rubios de su cabeza—, pero a la hora de la verdad, donde esté una buena integral que se quite… Precisamente, el otro día me pusieron…

Viendo lo que se le venía encima, Andrés le interrumpió:

—Ya sé, ya sé, no me lo digas, te pusieron una integral de tales proporciones que, al cabo de cinco despedazadoras aburridas clases de matemáticas, sólo tú conseguiste resolverla.

Secundando las palabras de Andrés, Ernesto afirmaba repetidamente con la cabeza esbozando una inocente y presumida sonrisa.

—Aquí tiene lo suyo, señor Philp, y con esto y un bizcocho… cierro el chiringuito hasta mañana a las ocho —dijo Andrés echando el cierre.

—Yo también me voy, tengo mucho que estudiar —dijo Ernesto.

—Adiós, Andrés, adiós Ernesto —se despidió míster Phill con la mano mientras se marchaba.

Andrés salió por la puerta trasera del mercado y sacó, de entre los cubos de basura, una preciosa moto Suzuki de ciento veinticinco, negra, flamante, que no tardó en arrancar. Despegando la rueda delantera del suelo durante varios metros, Andrés salió disparado por las calles de su pequeña localidad.

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