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En aquella sala metálica, los complejos circuitos, las ecuaciones matemáticas, los ordenadores de gran capacidad, y todos los instrumentos de inteligencia artificial al servicio de la inteligencia natural eran algo de lo más normal.

El señor R. había sido muy comedido y respetuoso en el trato al profesor Rego, con lo que este gozaba de todas las atenciones que se les suele conceder a los científicos de alto nivel. Además, se le permitía el trato con otros científicos de la OPI. Entre ellos, el doctor Rego había entablado una verdadera amistad con Gustav Andrino, biólogo y, por consiguiente, colega de profesión.

Mientras tanto, el señor R., completamente absorbido por la laboriosa tarea de escoger uno entre los muchísimos cuerpos que tenía seleccionados (hombres de poder, millonarios, gente de fama y demás), no se dio cuenta de que alguien se encontraba en la sala, esperando con aire tranquilo, junto a la puerta de entrada.

Sin percatarse de esta presencia, el señor R. continuaba mirando el monitor de su ordenador ELIZA, donde aparecían, sin descanso, miles de datos que le informaban sobre sus futuras posibles víctimas: enfermedades familiares, cuentas bancarias, acciones, bienes inmuebles, etc.

—Señor R., ejem, ejem, ¿señor R.? —repitió la voz alzando un poco más el tono.

El señor R., sobresaltado, volvió la cabeza hacia atrás.

—Ah, profesor Andriop, es usted, ¿cómo van sus tareas para conseguir los acondicionamientos necesarios para la máquina del profesor Rego? Bien, ¿verdad? Fíjese, profesor, estaba tan absorto en mis cosas que ni siquiera le he oído llegar. ¿Ve usted? El resultado de mis operaciones no ha de resultar en vano; después es tarde para echarse atrás. Efectuar una operación con resultados incorrectos conlleva lamentaciones y disgustos de toda índole. Elegir el cuerpo de una persona para mi mente es una tarea difícil, he de tener cuidado con todos los factores, conocer el pasado y estar seguro de que ese pasado es cierto; muchos hombres de poder han de ocultar su pasado para poder ocupar los puestos que desempeñan. Claro que, con la misma voz, la misma cara, y todo exactamente igual a la persona que pretenda ser, será difícil distinguirme como impostor, simplemente se me podrá notar el cambio radical de ideas, pero en cuanto me halle con el control de la situación, me dará igual lo que hubiera podido pensar el infortunado antecesor de mi nuevo cuerpo. ¡Ah, mi nuevo cuerpo! ¿Pero cuál elegir? Un cuerpo como el de una súper estrella de la canción parecería a simple vista apetecible de ocupar, pero no, error, a pesar del capricho de tener una bonita voz, todo lo demás sería perjudicial; tanto si sigo cantando como si no, los periodistas me acosarían a donde fuera que vaya y no podría disfrutar ni de mi tiempo ni del dinero de la súper estrella. Fíjese en este: Mohamed Abdull, tiene muchísimo dinero y tantas mujeres como dinero, pero es gordo, grasiento y tiene miopía, ¿ve usted esas gafotas?

Y, entonces, señalaba la fotografía que de Mohamed Abdull aparecía en la pantalla.

—No, mi querido amigo, no, yo sería incapaz de introducirme en un cuerpo que no tiene ni la más mínima ética corporal… El cuerpo del presidente de los Estados Unidos fue rechazado de plano, obvio, ¿no le parece? No duraría mi vida en él más de diez años. Es viejo y está cargado de achaques. Además, su cargo es efímero y pasajero… Lorenzo Espinela, joven y fuerte, controla más del cincuenta por ciento del comercio ilegal: armas, joyas robadas, juego, drogas, prostíbulos, fuga de divisas: es el rey de la mafia, pero su vida pende de un hilo, cualquier contrincante desea tomar su puesto, a ser posible, matándolo. Su vida está constantemente en peligro. Sir Geophri Clair: goza de los anticuados privilegios de la realeza, culto y adinerado, pero su vida está cargada de actos oficiales y protocolarios, descartado.

Y así siguió enumerando más y más personajes de quienes se dice que sus vidas son las más fascinantes de todas las que discurren por la tierra, o al menos, eso parece ser si solo nos quedamos en la superficie.

El señor R continúo hablando otro rato más para sí mismo, como si el profesor no estuviera. Finalmente, se dirigió a él, había tomado una decisión.

—Sí, este es el sujeto apropiado, Jake O’doguerty, un apuesto joven que ha heredado una verdadera fortuna a sus veinticinco años de edad. No es que sea de los más millonarios, pero su fortuna es suficiente como para olvidarse del significado del verbo desear. Además, el fruto de su fortuna procede del mundo de la tecnología punta, robótica e informática, lo cual me dará la oportunidad de continuar con mi plan para la OPI sin levantar la más mínima sospecha —continúo entusiasmado—. Veinticinco años —suspiró—, volver a la juventud perdida, el sueño de todo hombre que ya no la tiene; y para colmo, el muchacho, pobre muchacho, se encuentra en perfecta forma física, soltero, heredero único; además, no estaré siempre con el síndrome del impostor… Sí, él será el elegido —decidió con firmeza.

El profesor Gustav Androip no le escuchaba, él tenía sus propios pensamientos fijos en otra cosa; por eso, cuando el señor R. finalizó su monólogo y le preguntó qué quería, le pilló despistado, y sus palabras no salieron de sus labios como las tenía pensadas:

—Que quería pedirle que el profesor Rego me acompañara.

—¿Le acompañara? —repuso extrañado el señor R.—. ¿A dónde?

—Fuera de la isla, a la ciudad. Su compañía me es indispensable, señor. He de comprar materiales y desearía saber la opinión del profesor Rego, disponer de su consejo.

—Está bien, está bien, de acuerdo, que vaya.

El señor R se dio la vuelta y se sumergió en sus fantasías:

—Sí, Jake O’Doherty, tú serás el elegido.

Ricitos

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