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El gesto de la policía local cambió de sorpresa a gravedad cuando la puerta de la cabaña se abrió y vieron entrar en ella a un chico desangrándose, casi inconsciente, asido por los hombros y las piernas por sus amigos.

Para poder ayudarlo, uno de los policías soltó una gata blanca que acariciaba en sus brazos; esta, en el suelo, le daba lastimosas topaítas en las piernas a Andrés con un maullar triste.

El profesor Rego, sin mediar palabra, se puso a trastear su máquina. Todo asomo de su despiste habitual se había esfumado.

Al terminar, se dirigió a Andrea con una aplastante seriedad:

–¿Estás segura?

–Por supues…

Y sin terminar la frase, se introdujo en el prisma.

–Ahora metedlo a él –ordenó el profesor a los policías y a los amigos que estaban allí.

Nunca la secuencia pareció tan lenta. Nueve…ocho…siete…seis…

Ernesto, en voz baja, se atrevió a romper el silencio y, susurrando, comentó:

–Ha invertido el proceso ¿verdad, profesor?

–Sí, el cuerpo de Andrea está intacto. Espero que al reconfigurarse genéticamente opte por los no dañados, pero…

–¿Pero?

–Pero corremos el riesgo de perderla a ella.

Tres…Dos… uno… Secuencia completada.

A una, los amigos de Andrés fueron a abrazarlo al verlo salir de la máquina sano y salvo.

El profesor Rego se fue a mirar al colchón, pero Andrea no estaba.

Serena

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