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Un inmaculado y flamante Bentley esperaba aparcado en la acera de enfrente.

Dentro, empuñando con seguridad el volante, una despampanante rubia estudiaba los movimientos de Andrés dentro de la casa.

Inmerso en sus pensamientos, el chico cabalgó su máquina y salió disparado.

Poco a poco, los rugidos de su moto se fueron perdiendo calle arriba.

—Muy bien, mon chèri, mademoiselle Dominoe te va a acompañar en este viaje.

La escultural figura pisó el acelerador con sus botas blancas de tacón fino, y el Bentley le contestó con un majestuoso sonido.

La persecución había comenzado.

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