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La comitiva estaba presidida por el profesor Rego y el señor R., que iban delante.

Los hombres de Aro, fuertemente armados, escoltaban a Jake O’Doherti, a Andrés, a Andrea y al profesor Gustav (del que ya no se fiaban).

Aro y Dominoe iban atrás, vigilando.

Todos caminaban por la orilla del brazo de mar que les llevaría hasta la covacha, en plena noche.

En medio del silencio, solo se escuchaban los lamentos de Jake O’Doherty:

—De verdad, les juro que no tengo nada, le he dado toda mi herencia a una científica loca… Yo iba a ir a la isla de Florence… —repetía lloriqueando.

En la cabaña, un pequeño destacamento de la policía local que estaba bastante aburrido, vigilaba a la espera de cazar algún contrabandista, después de que Andrés les hubiera alertado.

–Oye, qué te parece, ¿habrá algún videojuego ahí dentro? Hay muchos ordenadores.

–Yo qué sé, enciéndelos y mira.

En el mar, las patrullas de la policía subidas en sus potentes zodiacs esperaban algún movimiento de contrabando.

Alrededor de la cabaña, Ernesto y los demás amigos de Andrés vigilaban la covacha y la playa entre los arbustos. Ernesto presentía que algo le había ocurrido a Andrés.

El walkie de Ernesto recibió una comunicación. Loli había visto el cortejo por la playa.

–Tenemos que hacer algo. Vamos a la cabaña y avisemos a la policía local –dijo Antón.

–A esosss, con la barriga que tienen…–dijo Loli–. ¡Pero que te estoy diciendo que esos tíos van fuertemente armados!

–Se me ocurre una idea, Guille está por el chalet de Emilia Bravo, ¿no? Voy a llamarlo.

Emilia Bravo no paraba de discutir con Guille.

–Que conste que lo hago por Andrés, ¿eh? Que si no… Como mi padre se entere de que cojo su motora sin su permiso, la cago.

–Cállate, Emilia, debemos ser silenciosos, recojamos a los otros.

Mientras, en la cabaña, el policía se disponía a abrir la puerta. Una vez dentro, escuchó el maullar asustado de una gata montuna que había escogido la cabaña como cobijo. Sin tener idea de lo que estaba haciendo (pobre ingenuo), el policía se puso a darle a todos los botones sin ton ni son.

–Huy huy huy, ya la ha liado, será mejor que me asome –dijo el otro policía al escuchar el estruendo y al ver tanto destello verde y rojo.

Al otro lado, mientras, la motora de Emilia ya estaba recogiendo al resto de la pandilla de Andrés.

–Los cascos, los cascos de los ciclomotores, cogedlos –dijo Ernesto.

La motora se acercó, con los motores apagados, a las zodiacs de la policía. Cuando estaban prudentemente visibles, Ernesto dijo:

–¡Ahora! ¡Tirad con fuerza los cascos al mar!

Al escuchar el sonido que estos provocaban, la policía encendió sus potentes focos y observó el cuadro: un montón de gente en una motora tirando fardos de contrabando por la borda (o eso fue lo que les pareció).

–¡Alto, deténganse! –gritaron por el megáfono.

–Dale caña, Guille, nosotros corremos más que ellos –animó Antón.

Guille arrancó la motora y la puso a toda máquina, dirigiendo a la policía justo hacia donde estaba la comitiva.

La lancha salió disparada del agua hasta la misma arena, cortándole el paso a la mismísima comitiva, y trayendo, tras de sí, la zodiac de la policía que iba a toda pastilla.

Los hombres de Aro no tuvieron tiempo para reaccionar. Deslumbrados por los focos de las zodiac, no sabían ni a dónde apuntar.

En medio de la trifulca y la confusión, los amigos de Ernesto se llevaron a Andrés, Andrea y a su tío.

Aro, hábil como siempre, se tiró a la arena y disparó a los focos.

El señor R. y el profesor Gustav se tiraron al agua para evitar el rifirrafe de ráfagas de tiros que se cruzaban interminablemente.

Unos delfines los recogieron y se los llevaron en sus lomos directos al Olimpo. El señor R. exclamaba perplejo:

–No puede ser, es un milagro.

El profesor Gustav, al escucharlo, reía para sí:

–Sí, sí, un milagro, lo que usted diga.

Dominoe, más astuta que nunca, se refugió en la negrura del bosque adyacente. Las luces de la cabaña captaron su atención. Una sonrisa se dibujó tímidamente en su boca, ¡había encontrado la máquina! Iba a correr hacia ella cuando un policía le disparó en el hombro. Cayó al suelo para simular su muerte, y viendo que nadie se acercaba, se arrastró por la tierra hasta una zona fuera de peligro. Luego, se irguió y llegó, como pudo, hasta la cabaña.

Una vez allí, no se andó con chiquitas, necesitaba un refugio ya; reunió todas sus fuerzas y abrió la puerta de una patada.

¡Sorpresa!

Dominoe se encontró a lo dos policías que estaban intentando apagar el cacharro.

Cuando vieron a Dominoe, los agentes se quedaron inmóviles, contemplando, sin poder reaccionar, a semejante rubia sangrando y con un arma.

La única que reaccionó fue la gata montuna, que saltó asustada al prisma de la máquina genético simplificadora.

La policía consiguió apuntarla titubeante con sus armas, ¡quieta o disparo! dijeron.

Temiendo encajar otro tiro, Dominoe, saltó hacia la derecha, metiéndose de lleno en el corazón del prisma.

Afuera, en el brazo de mar, las balas seguían silbando por todas partes. Estuvieron así un buen rato, hasta que, finalmente, la policía logró reducir a los hombres del señor R.

Aro fue el último en ser capturado. Uno de los policías le pegó un tiro en la mano de la metralleta y esta se descontroló disparando una ráfaga de tiros al aire.

La mala fortuna quiso que uno de esos tiros sueltos fuera a darle a Andrés.

Andrea, que había sentido el disparo como si le hubieran dado a ella, avisó a los demás de que a Andrés le habían pegado un tiro en la espalda.

El profesor Rego, miró la herida y luego a Andrea con gravedad; esta gritaba su nombre, cogiéndole de los hombros de manera desesperada.

Tal y como había ocurrido en otras ocasiones, la impotencia hizo que Andrea comenzara a difuminarse hasta introducirse por completo en el cuerpo de Andrés.

–¿Qué haces aquí, Andrea?

–Quiero ayudarte.

–No, Andrea, me estoy muriendo, ¿no lo notas? Sal.

–No, Andrés, no quiero dejarte.

–Sal, Andrea, sal o morirás conmigo.

–Moriremos los dos.

–Vaya tontería, Andrea, salte.

Los amigos esperaban alrededor en silencio, interrumpido de vez en cuando por los sollozos entrecortados de Loli.

El doctor Rego intentó superar el dolor por la inminente pérdida de su sobrino y tratar de buscar una solución:

—Andrea sal, hay una posibilidad, no es segura, pero tienes que estar fuera.

Gata

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