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Una vez traspasaron las últimas zonas urbanizadas de la ciudad, las tres motocicletas tomaron la carretera que bordeaba el mar.

Allí la velocidad de la chopper de Aro, superior a la enduro de Andrés, se hizo notar.

Las ruedas de la moto de Aro se acercaban por segundos peligrosamente a las de la moto de Andrés, girando sobre el asfalto de tal forma que la discontinua raya central se convertía en una larga e interminable línea continua, y el paisaje, en una difusa cortina de oscilantes tonos.

Andrea, por su parte, poniendo en práctica los conocimientos de conducción de motocicletas que poseía del cerebro de Andrés, apuraba su motocicleta robándole segundos al tiempo de separación que había con las otras dos motocicletas.

Cuando, finalmente, las tres se alinearon, Andrea comenzó a acercarse como una flecha a la cabalgadura rodante de Aro, que se disponía a abordar al ajeno Andrés.

Andrea se quitó el casco. Los metros se le hacían kilómetros, los segundos, horas. Al fin, centímetro a centímetro, consiguió poner su moto a la altura de la de Aro.

Aro la miró sobresaltado, quiso reaccionar, pero se encontró con un casco que iba directamente a su cara… dándole de pleno.

Andrea lo había golpeado con toda la fuerza que pudo. Aro perdió el control y la motocicleta se desvió alocada e indomable hacia el arcén izquierdo.

Un seiscientos que casualmente venía en dirección contraria, trató en vano de esquivarla; un leve roce bastó para que el seiscientos bravamente (hay que reconocerlo) acabara clavado en un arenal.

Al otro extremo de la carretera, la motocicleta quedó hundida en el barrizal de una laguna casi hasta el manillar.

Aro rodó por el suelo hasta dominar la situación, frenarse y ponerse en pie.

Todos y cada uno de los pelos de su cresta permanecían intactos en su sitio.

Andrea y Andrés miraban hacia atrás y reían. Pararon:

—Pero, ¿de dónde has sacado esa máquina? —dijo él.

—Ya te contaré, pero he de abandonarla.

Andrea escribió en una nota apresuradamente:

Muchas gracias, te regalo las frutas.

Colocó la nota en el manillar, bien visible, y subió a la moto de Andrés.

—Iremos ahora campo a través, móntate; por cierto, ¿ese quién era?

—No lo sé, estaba con la chica rubia, me pareció escuchar que le llamaba Aro.

—Bien, agárrate fuerte que nos vamos.

Andrés puso el acelerador a tope y soltó el embrague.

—Andrés, mira —dijo Andrea antes de que le diera tiempo a partir.

—¿Qué? —contestó él.

—Fíjate en el conductor de ese abollado seiscientos.

—Maldita sea, ese tipo otra vez.

En efecto, Aro había dejado a su propietario sin seiscientos.

El terreno era llano al principio, pero después todo era monte.

Andrés circulaba a toda velocidad, esquivando árboles, arbustos, piedras y ramas entre salto y salto.

El seiscientos persistía incansablemente, a pesar de que todo.

En un salto, el capó voló por los aires; en un derrape, una de las puertas se abrió y fue arrancada de cuajo por el tronco de un árbol; después, una rama enganchó el paragolpes trasero y se quedó con él; al rato, la otra puerta se descolgó de la bisagra de abajo y quedó colgada del coche y arrastrando por el suelo… Pobre seiscientos, la naturaleza se iba apropiando poco a poco de cada una de sus partes…

Mientras tanto, Andrés, para despistar a Aro, estaba llevando a su moto al límite de sus posibilidades; en un salto no muy bien controlado, Andrea perdió el equilibrio, se salió de la moto y cayó al suelo como si aún estuviera sentada. Varios metros más adelante, Andrés frenó y salió a toda carrera hacia el lugar donde se hallaba Andrea.

—Dame la mano, vamos corre, corre.

Aro ya se encontraba muy próximo a ellos. Andrés corría y arrastraba a Andrea viendo cómo Aro los seguía a breves metros.

—No puedo más Andrés, me he hecho daño en el tobillo —le gritó.

Andrea sintió cómo la ansiedad se apoderaba de su cerebro. Andrés, agotado, no sabía ya de dónde sacar fuerzas para seguir corriendo y, al mismo tiempo, arrastrar de la mano a Andrea.

De repente, en menos de un segundo, los hermosos ojos de Andrea despidieron chispas, su cuerpo se fue volviendo transparente, flotó etéreamente al de Andrés hasta fundirse con él.

Andrés, libre del peso de Andrea, cayó al suelo y, rodando, fue a parar justo al borde de un gran barranco que daba al río, del que quedó colgado por las manos mientras su cuerpo se balanceaba en el vacío, a punto de caer.

Aro, pillado por sorpresa y sin salir del desconcierto producido por haber visto desaparecer a la muchacha en el cuerpo del muchacho, frenó inútilmente con todas sus fuerzas el seiscientos. Pero fue demasiado tarde. El coche pasó justo por encima de donde Andrés estaba colgado y saltó inevitablemente hacia el precipicio. Al caer, las aguas del río lo acogieron con serenidad en su seno, como si fuera una criatura más de las que allí habitaban.

Telepatía

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