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—Será mejor que tú te quedes aquí, Andrea —dijo Andrés a la vez que abría la puerta.

—Pero debo ir al instituto y ya no llego a tiempo para el examen de matemáticas —respondió Andrea.

—Te equivocas. Soy yo quien debe ir al instituto, y es a mí a quien pondrían el cero en matemáticas—.

Mal humorado, Andrés cambió de tema:

—Aquí tienes el cuarto de baño y, ahí, la cocina; coge la comida que quieras.

—Ya lo sé, esta es mi casa —replicó fastidiada Andrea.

—¡No, Andrea, no es TU casa, es MI casa! Entérate bien, hasta hace algunas horas, tú no existías, ¿lo entiendes? Esa maldita máquina te ha creado a ti y a un buen montón de problemas…

Las lágrimas de Andrea asomaron. Con desencanto, repitió:

—¡Ya lo sé! No soy tonta, no sé cómo explicarlo, pero de repente noté cómo mi cerebro se vaciaba durante una pequeña milésima de milésima de segundo que se me hizo infinita. La máquina… Yo sé para qué servía. Mi mente lo recuerda, pero en esos momentos, era tu mente… mis recuerdos en realidad son los tuyos, ¿quién soy yo entonces? —dijo poniéndose a llorar.

—No te preocupes, Andrea, hasta hace unos momentos vivías en mi cerebro, ahora tienes tu propio cuerpo para vivir la vida, y mi casa será tu casa, y todo lo que tengo, como si fuese tuyo, y te lo pasarás genial. Ya verás. ¡Bienvenida a la vida, Andrea!

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