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Andrés comenzó a balancearse hasta que, con mucho esfuerzo, consiguió elevar la pierna hasta el suelo. Una vez ya con los dos pies en terreno firme y seguro, comenzó a llamar a Andrea, pero nadie contestó.

—Oh no, ¡se ha esfumado! ¡Como vino se fue!

Desconsolado, se sentó en una piedra y se olvidó de la máquina, de Aro, del señor R., de las rayas, de su tío, de todo. Solo pensaba en Andrea.

—Estoy aquí…

—¿Aquí? ¿Dónde? ¿Andrea?

Andrés se levantó de un salto y miró a todos los lados sin respuesta. La voz que él escuchó no partía de ninguna parte, sino que más bien provenía de dentro…

—Estoy aquí…

—Volvió a escuchar.

—No puede ser. Me estoy volviendo loco.

—No tonto… Estoy dentro de ti.

—¿Cómo?

—Y yo qué sé cómo —dijo Andrea enfadada.

—Pues, si estás dentro, sal.

—¿Y cómo quieres que lo haga? ¿Eh, listillo?

—Vale, vale, detengámonos a pensar.

Trataba Andrés de serenarse y razonar paso a paso:

—Así que ahora las dos mentes están en un solo cuerpo y en un solo cerebro, ¡pues de esto no ponía nada mi tío en las instrucciones de la máquina! ¿Y ahora qué hacemos?

—No sé Andrés, veo por tus ojos, oigo por tus oídos, pero si miro mi mano, la mano que veo es la tuya. Creo que lo mejor que podemos hacer es llegar hasta la máquina y allí ya veremos.

—Está bien, de acuerdo.

Andrés ya no necesitaba hablar en alto para comunicarse con Andrea. Ahora con pensar las frases ya era suficiente. Su tío le había explicado que ese fenómeno se llamaba telepatía. Contento con el recuerdo, recogió la moto del suelo y partió.

Exhausto

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