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Andrea y Andrés solo observaban mar y más mar abierto desde el helicóptero que los trasladaba.

Frente a ellos, estaban sentados, algunos secuaces del Olimpo, y también Aro, que no paraba de mirar a Andrea, amenazante y silencioso.

Andrea miraba a su vez a Andrés, que estaba colocado a su lado.

Al otro lado de Andrés estaba Dominoe. Esta había estirado su brazo, para caber mejor, sobre los hombros de Andrés, y lo miraba muy sensualmente mientras le hacía ricitos con el pelo de la nuca.

Andrés no sabía qué hacer ni para dónde mirar.

Al cabo de un tiempo, la isla, al fin, apareció en el horizonte.

Tras el aterrizaje, Andrés y Andrea fueron llevados en presencia del Señor R.

—¡Estos son! —exclamó Aro parcamente.

—Conque la máquina no funcionaba bien, ¿eh? —preguntó irónicamente el señor R—. Veamos qué opina el profesor Rego cuando vuelva.

—¡Usted! ¡Usted tiene a mi tío!

El señor R., ignorando con simulada indiferencia a Andrés, dijo:

—¡Encerradlos!

—¿Les doy una habitación a cada uno, monsieur EGUE? —preguntó Dominoe, guiñándole un ojo a Andrés y mirando burlonamente a Andrea.

—No, no, metedlos en una jaula, con los abominables, que el profesor Rego se sienta presionado.

—Como desee, monsieur —respondió Dominoe.

Presumiblemente

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