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—¿Y entonces qué? ¿No pasa nada o qué? —se preguntó Andrés.

Apenas había terminado de pronunciar el final de su pregunta cuando un gran bramido invadió toda la covacha haciéndole caer de espaldas contra el suelo.

En medio de un sonido ensordecedor, potentes ráfagas de incandescente luz roja salían despedidas por las fisuras de la vieja cabaña.

A gran velocidad, las tuberías grandes también se pusieron de color rojo incandescente, transmitiéndole el calor a las más pequeñas, que también se fueron encendiendo rápidamente.

Atónito con la escena, Andrés vio que toda la energía apuntaba hacia prisma de cristal que había situado en el centro.

En apenas veinte segundos, esta potente luz se separó en rayos distintos: dos eran de color verde, otros dos de color azul, y, el último era un grueso e intenso rayo de luz roja.

Al recibir los haces de luz, el prisma relampagueó volviéndose verdi-azul. En su interior, flotaban tiras de luz roja que hacían círculos y rebotaban al chocar unas con otras.

Mientras esto sucedía, las paredes interiores del prisma comenzaron a lanzar pequeños destellos púrpura hacia su centro.

Transcurrieron unos cuantos minutos. Después, los rayos desaparecieron y la covacha volvió a quedar en silencio.

Solamente se oía, de fondo, el fino retumbar del prisma.

Sin ton ni son

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