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—¡Ostras, tío, me parece que has ligado! —dijo Guille sin apartar la mirada de ella y con la boca casi abierta.

—Eso demuestra el mal gusto que tiene esa pomposa —contraargumentó Loly cínicamente.

Al llegar a ellos, mademoiselle Dominoe abrió una simpática sonrisa en su rostro y, alegremente, exclamó:

—Bon jour, chérie, qué ganas tenía de volver a verte, qué sorpresa, no podía imaginar que…

Y, sin acabar la frase, le tendió la mano. Andrés se levantó torpemente y fue a estrechársela desconcertado, pero mademoiselle Dominoe alzó los dos brazos posándolos en el cuello de Andrés y lo besó en la boca ante la atónita mirada de sus amigos.

Aprovechando que ninguno podía parar de mirar el gran beso, Dominoe pulsó el botón de su control remoto y, de repente, la música y las luces se apagaron, y la discoteca se sumergió en el mundo de las tinieblas. Rápidamente, Dominoe cogió la carta del bolsillo de Andrés y salió disparada. Cuando estuvo a salvo, en la calle, volvió a apretar el radio control. Al volver la luz, Andrés y sus amigos se miraron unos a otros.

—¿Dónde está? —dijo él.

Antonio, dándole unos golpecitos en la espalda, comentó:

—Caray, ya sé por qué estabas en clase flotando en las nubes.

—Pero, pero si yo no la conozco de nada —afirmó Andrés.

—¿Sí? Pues parece ser un caso claro de incompatibilidad de recuerdos —sentenció Loly.

—Creo que será mejor que me marche —dijo Andrés.

—Andaaa, corre a buscarla, si se ve que lo estás deseando —bromeó Guille.

—Y quítate el pintalabios de la boca, a ver si también se te va a olvidar —le gritó Yolanda, furiosa, mientras Andrés se alejaba del grupo.

El agua del mar

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