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El sol caía lentamente sobre el dorado río, inundándolo todo de un aura celestial.

El rostro de Andrea a contraluz se llenaba de magia y magnificencia; sus cabellos resplandecían como si estuvieran cubiertos de briznas de rayos de sol. Su sencillez y naturalidad encajaban perfectamente en este espectáculo natural.

Nuestros protagonistas caminaban por la orillas en silencio cogidos de la mano. Solamente se escuchaban los ahogados gritos de las gaviotas que se perdían en la lejanía y el sordo murmullo de las minúsculas olas.

El sol, de un rojo encendido, rubí del espacio, ocultó su cara despidiéndose con un manto de rosas y violetas; tímidas estrellas empezaron a brillar, la luna despertó a la noche, y el brillo destellante de miles de diamantes se esparció a lo largo del río.

—Andrés —dijo Andrea—. ¿Cómo pude…? ¿Cómo pudimos los dos convertirnos en uno solo? Cuando corríamos delante de Aro, sentí como si una fuerza estallara en mi cabeza y me librara de todo peso; te veía a ti, a Aro, vi que no podías conmigo y, entonces, una fuerte sensación de impotencia se apoderó de mí. Fue automático, te lo juro, no hice nada, debe de ser… Parecía telepatía. Tus pensamientos corrieron por mi cerebro, y comprendí que ¡no había solución para escapar de Aro! Quizás fue eso lo que causó de forma refleja la transmutación a tu cuerpo; después, cuando saltamos con la moto hacia el agua, sentí un gran shock que me obligó a salir de ti. ¿Tú no notaste nada?

—No, Andrea, y menudo susto que me has dado. Creía que Aro te había atropellado o algo así, o que habías desaparecido para siempre. Ha sido una sorpresa que nos guardaba la máquina, quién sabe si hay más. Estoy un poco harto de las comeduras de coco que nos está trayendo este dichoso chisme.

—¿Me estás diciendo que soy una comedura de coco para ti?

—No, Andrea, no. Tú eres lo más maravilloso que me haya podido ocurrir. Pensándolo bien, todo es fantástico. Son increíbles las aventuras que estamos pasando juntos. Aunque, en el fondo, creo que debemos dejar de hacer el héroe peliculero e ir a la policía para contárselo todo.

—¿Todo? ¿Estás seguro, Andrés?

—Bueno, todo no, lo más parecido posible a la realidad para que actúen y no nos tomen por locos.

Siguieron andando en silencio, abandonaron la orilla del río y caminaron entre los árboles bajo el estrellado cielo.

—¿Hacia dónde vamos por aquí? —preguntó Andrea.

—Si tú no lo sabes, yo menos. Pero, veamos, el chalet de los padres de Emilia Bravo no está muy lejos de aquí.

—Ah… Emilia Bravo, esa pesada que te persigue por todas partes.

—Oye, ¿cómo sabes tú eso?

—Claro, Andrés, tengo tus pensamientos anteriores, ¿no lo recuerdas?

—¡Andrea! —le reprochó Andrés con falsa sorpresa y mucha picardía. Andrea se dio cuenta de lo que había dicho, sintió cómo sus mejillas se iban sonrojando y apartó rápidamente la vista para que Andrés no se diera cuenta.

—Escucha, Andrés, no quiero que pienses que invado tu intimidad. En el fondo no es así. En mis recuerdos, yo siempre voy al cuarto de baño de chicas.

Ninguno de los dos se percató de que sigilosas figuras les seguían a breves metros. Aro había alertado a los hombres del Olympo. Estaba seguro de que esta vez encontraría la máquina.

Emilia

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