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Una vez mar adentro a lomos de los delfines, los cuatro sonreían plácidamente.

—Sois fantásticos —dijo Andrea.

—¿Así que este fue el resultado de la experimentación genética con vosotros dos? ¡Os podéis comunicar con los seres humanos con ultrasonidos en nuestro idioma!

—(…)

—Ya, yo también me alegro de haberos ayudado a vosotros dos.

—(…)

—¿Eh?

—(…)

—Pues de nuevo a la isla —conversaba Andrés con su delfín.

—¿A la isla otra vez, Andrés?

—No debemos abandonar a nuestro tío, Andrea.

—Es cierto… Vosotros seguid vuestro camino, pero si algún día pasáis por el brazo de mar de Cádiz, no dudéis en saludarnos —le dijo Andrea a su delfín.

Los delfines los acercaron a la orilla y se despidieron de ellos con cariño. Desde la orilla, a los chicos les pareció escuchar un beee, beee, y más allá vieron la cabeza de una jirafa oteando las aguas. Andrés y Andrea se miraron y rieron.

—En marcha, —dijo Andrés, —tenemos que volver a entrar en la casa.

Abominable

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