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El brazo de mar era un paraíso para los amantes de los deportes náuticos.

Esto era debido a su escaso oleaje, al viento, que soplaba fuerte pero no en demasía, y al buen tiempo reinante durante todas las épocas del año.

En el brazo de mar, podíamos encontrar aficionados al esquí acuático, a la vela, al windsurf, a la moto náutica, o simplemente aficionados a navegar plácidamente por el mar en sus motoras, botes o yates de recreo de pequeña eslora.

Todas estas actividades le daban al ambiente una pintoresca y multicolor animación.

Andrés escuchó en su interior la voz de Andrea: fíjate, Andrés, fíjate en esas motos acuáticas.

—¡Rayas! ¡Están pintadas a rayas! —exclamó él.

Andrés le dio más velocidad a su moto. Las motos acuáticas circulaban paralelas a ellos por el mar. Los acompañantes de cada piloto portaban una extraña arma parecida a las que utiliza la policía antidisturbios para tirar pelotas de goma. Los copilotos comenzaron a disparar. Andrés y Andrea vieron que unas extrañas bolas se dirigían a ellos y que, al alcanzar altura, se abrían convertidas en redes. Andrés, haciendo arriesgados giros con su moto, las esquivaba como podía.

—¡Cuidado! —le gritó Andrea interiormente.

A esta altura, la playita se había terminado y continuaba un espigón de enormes piedras que entraban en mar abierto.

Más preocupado por esquivar los proyectiles de sus perseguidores que de otra cosa, Andrés no pudo reaccionar a tiempo, y los peñascones se le echaron encima. Al intentar sortear las piedras, giró con fuerza el manillar hacia la derecha y se metió a gran velocidad por un viejo y destartalado embarcadero de madera. La adrenalina circulaba en grandes cantidades por su cuerpo.

A pocos metros del embarcadero, se encontraba un pescador con su caña pescando tranquilamente sentado en su motora; estaba contento porque había picado un pez en su caña.

Al acabar el embarcadero, la moto voló varios metros por encima del mar.

Andrés salió despedido de la moto, Andrea salió despedida del cuerpo de Andrés y la moto cayó sobre la motora.

Andrés y Andrea cayeron al agua, y el pescador, aún con moto y todo, seguía luchando para que no se le escapara la pieza capturada.

Los motoristas acuáticos de la OPI, que lo habían visto todo, comenzaron a aproximarse hacia la motora del pescador.

—NADEMOS HACIA LA motora —le dijo Andrés a Andrea.

Andrés estaba tan preocupado que no le dio importancia al hecho de que Andrea hubiera aparecido de nuevo.

Por increíble que parezca, un pescador que se precie no suelta la caña aunque lluevan motos y personas sobre su barca.

Los chicos se subieron en ella sin mediar palabra con el pescador, (que seguía concentrado en su objetivo,) y arrancaron la motora con un violento acelerón.

El pescador y su caña cayeron al agua. Ahora sí, este despertó a la realidad y, flotando en el agua, con la caña todavía en la mano, comenzó a lanzar un variado repertorio de improperios y maldiciones.

Las motos acuáticas de la OPI, en su persecución imparable, pasaron sin miramientos por encima del pescador, que habiendo perdido la barca, la caña y la presa, apunto estuvo ahora de perder la cabeza.

–¿Qué le pasa a esto? ¿Por qué no coge velocidad? —se preguntó Andrés.

—Es el peso de tu moto lo que estorba. Tirémosla al mar —repuso Andrea.

—No —contestó él de forma rotunda.

—¡Andrés, se están acercando! ¡Hay que tirarla!

Y así fue cómo la compañera de locas aventuras de Andrés acabó con sus ruedas sumergidas en el agua.

Andrés no pudo evitar poner una enorme expresión de pena. Andrea trataba de consolarle con una magnética sonrisa. Se gana y se pierde, pensó Andrés, mirando a su nueva e irremplazable compañera de aventuras.

Peripecia

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