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Decepcionada por no haber podido seguir a Andrés hasta su destino, Madmoiselle Dominoe regresó a su lugar de origen: la casa de Andrés.

En esta ocasión, quiso ser más cautelosa y decidió aparcar el Bentley dos manzanas antes de la casa y hacer el resto del trayecto andando.

Sin ningún esfuerzo, abrió la puerta sigilosamente, entró en la casa y, allí, por sorpresa, se encontró con Cegato, el emperifollado gato de angora blanco que Andrés tenía; este salió a su encuentro con unas pequeñas gafas de montura ancha y negra colgada de su cuello.

—Hola, gatito, ¿comment allez vous, presioso?

Cegato se encaminó al tazón donde Andrés le solía poner su leche y le indicó con la patita que este estaba vacío.

—Humm, gatito, ¿no te ha puesto tu amo la merienda? Tienes un amo muy muy muy malo —le dijo acariciándolo en brazos mientras sacaba una botella de leche de la nevera y llenaba el tazón—. Trés bien, y ahora, a la faena.

Dominoe rebuscó en varios cajones y, al poco, vio la carta sobre el sofá.

—¡Oh la la! Qué es lo que están viendo mis ojos… carta… del profesor Rego… pero está vacía, merde. No, decididamente, hoy no es un buen día para los acuario; debe de habérsela llevado él, y yo he de encontrarla.

Madmoiselle Dominoe escuchó el ruido de una motocicleta en el exterior, eran Andrés y Andrea que regresaban. Rápidamente, subió las escaleras hacia el desván, atravesó con sigilo el tejado hasta la parte posterior y, con una agilidad felina, saltó al suelo y escapó.

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