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El viento azotaba la corta melena negra del joven Andrés. De ojos color azabache y pelo castaño oscuro, aún contra el viento, Andrés conservaba sus facciones suaves, su mirada clara y despejada, y su aspecto simpático.

Al cabo de un rato, el sonido de su moto se escuchaba en toda la plazoleta donde se encontraba el instituto.

—¡Eh! ¡Andrés! —escuchó que le llamaban.

Andrés frenó su moto y giró el cuello buscando la voz que le había llamado. Vio una gran algarabía de estudiantes que estaban charlando, bromeando y copiando apuntes. Entre ellos, estaba su grupo de amigos: Antón, su novia Yolanda, Loli, Guille y Rubén.

Andrés dio media vuelta y aparcó su moto al lado de montones de ciclomotores, motos de pequeña y media cilindrada y de algún que otro seiscientos o ochocientos cincuenta pintados de forma estrafalaria y con el techo cortado a modo de descapotable “casero”.

—¡Hola! —saludó Andrés.

—¿Qué tal llevas el examen? ¿Has estudiado? —preguntó Antón.

—¡Qué vaaa! ¡Aún ni he mirado el libro! Iba ahora a casa a ver si me pongo… —respondió Andrés.

—Pues ya te queda poco tiempo, como no estudies la forma de poner tu nombre en el folio… —le dijo Loly.

Andrés le contestó alzando los hombros:

—Qué le voy a hacer, las matemáticas son cosas de Ernes…

—¡Oh, uh! —le interrumpió Antón—. Adivina quién viene por ahí…

—¡Oh, no! ¡Emilia Bravo! —se quejó Andrés.

No es que Emilia Bravo fuera fea, pero sus gestos, su forma de andar, de reír y su empalagoso lenguaje, la hacían resultar pesada y fastidiosa.

—Hola, Andrés, ¿cómo te va? Aún estoy esperando la vueltecita en tu moto que me prometiste –dijo Emilia con un horrible tintineo de voz.

—¡Ay! Lo siento, Emilia, de veras que lo siento, pero es que me tengo que marchar ya a estudiar. Si se lo estaba diciendo ahora mismito a estos, ¿a que sí?

Todos movieron la cabeza en señal afirmativa; todos, menos Guille, que, bromeando como siempre, decía que no con la cabeza a espaldas de Andrés.

—Bueno, adiós —dijo arrancando la moto y escapando como alma que lleva el diablo.

Unos pocos minutos después, Andrés estaba en casa. Bajó de la moto y se dispuso a guardarla en el jardincito anterior de su pequeño chalet, pero la voz del cartero le distrajo de la tarea:

—¡Eh, Andrés! Tienes carta.

Andrés recogió la carta dando las gracias:

—¿De quién será? —pensó —, ¡vaya! Si es de mi tío Jorge.

Muy ilusionado, entró en casa y, de un salto, se tumbó a leerla en el destartalado sofá.

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