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Las clases pasaron, nunca mejor dicho, pues a los primeros momentos de revuelo y murmullos llenos de contradicciones (hasta alguien aseguró que lo habían visto en la noche a lomos de un esqueleto de caballo), le siguió un gran silencio dominado por el pensamiento de que lo mismo les podía ocurrir a ellos también.

No se sabe muy bien cómo ocurren estas cosas, pero cuando acontece un suceso anormal, todos acaban convirtiéndolo en algo muy natural y posible, cotidiano. Pensando, seguro, que hay una especie de ejército de raptores acechándolos para llevárselos a todos uno a uno. La histeria se adueña fácilmente del pensamiento de la gente.

Ese día se suspendieron las clases por la tarde y por la calle no había un alma. Para colmo, la televisión, ávida de convertir tragedias en espectáculo y siempre a la caza de un público aburrido que no sabe en qué ocupar la materia gris de su cerebro, asaltaba con sus reporteros indiscriminadamente a los alumnos a la salida del instituto. No tenían en cuenta que los padres de Ernesto, aconsejados por la policía, habían expresado su deseo de no difundir lo que le había ocurrido a su hijo. Pero, seguramente, algún idiota había antepuesto sus ganas de ganar dinero con la audiencia a la propia seguridad de Ernesto.

Así pues, con alevosía y nocturnidad, como se suele decir, un flash segó la vista de Andrés y Andrea, y un enorme micrófono de alcachofa apuntó en dirección a sus bocas:

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—Andrés y Andrea, vosotros sois los mejores amigos de Ernesto. ¿Andrés y Andrea sois…?

—Eh… primos —contestó confuso Andrés. Le asustaba la idea de que la procedencia de Andrea saltara a los medios.

—Decía, sois los que más sentís la pérdida de Ernesto.

—¿Pérdida? Esa es una manera de insinuar que ha muerto, ¿no le parece a usted? —le imprecó Andrea a la reportera.

Esta se defendió un gesto apocado de afirmación, rutinario, como el que hace que escucha sin escuchar realmente, y volvió de nuevo a la carga:

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—¿No tenéis miedo de que también os pueda ocurrir a vosotros? —preguntó con tono trágico.

—Bueno, hay que tener precaución; miedo, no —respondió titubeante Andrés.

—¿Y tú, Andrea, qué opinas?

—Pues yo opino que la televisión debería entretener con cosas que no perjudicaran el estado mental del que lo ve.

Esta vez, la reportera titubeó, pero como conocía bien su trabajo, reaccionó rápidamente:

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—¿Crees que el estado mental de Ernesto no era últimamente del todo satisfactorio?

—A Ernesto le interesa la Astrofísica y la materia oscura que reina en la inmensidad del espacio; le gusta la Física Cuántica con su anárquico e impredecible comportamiento; se vuelve loco con las energías renovables de obtención casera. Además, Ernesto es de los que se suelen preguntar por qué los bancos son los que deciden cuánto y a quién se le da el dinero; de hecho, se pregunta de dónde sale realmente el dinero. Seguro que a usted, todo esto no le parece un estado mental normal y satisfactorio, ¿verdad?

—Eh… ¿Eh?

La reportera intentaba ganar tiempo diciendo estas palabras que los estudiosos llaman paralenguaje.

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—Por cierto, si quiere una verdadera buena noticia, ayer un bocadillo se comió a un elefante.

—Muy bien, muchas gracias por su colaboración. Y estas son, queridos espectadores, las declaraciones de esta simpática pareja.

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