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Andrés llegó a su casa con la misma impresión que uno tiene cuando piensa que son demasiadas cosas para un solo día. Al ir a aparcar la moto, desde la ventana, sus vecinitos Alexis y Darío le hablaron desde la ventana.

—¿Quién es esa chica? ¿Tu prima? Se parece a ti —interrogó Darío.

—Nooo, ya os contaré. ¡Venga, a dormir!

Andrés entró en su casa pensando en la naturalidad con la que Andrea vivía su recién estrenada vida. Allí estaba ella, preparando la cena, la misma que él se solía preparar.

—Hola, Andrea.

—Hola —le respondió.

—¡Ahí va! Me he olvidado de ponerle a Cegato su merienda.

Andrés miró el tazón y, en seguida, se dio cuenta de que estaba lleno de leche y de que Cegato no daba ninguna impresión de estar ni mucho menos hambriento; es más, estaba tumbado en su cojín durmiendo con las gafas puestas, él siempre se las ponía antes de irse a dormir.

—Andrea, ¿tú le has puesto la merienda a Cegato?

—No, fui a ponérsela justo después de llegar y vi que ya se la habías puesto tú.

—¡Qué extraño! —pensó.

Justo en ese momento se acordó de la carta de Emilia Bravo, fue a cogerla y vio que no estaba.

—Hoy ha debido entrar alguien en mi casa durante mi ausencia.

Vio el sobre vacío de la carta de su tío e, instintivamente, se tocó el bolsillo de atrás de su pantalón vaquero. La carta seguía allí. Andrés suspiró de alivio:

—Tiene que haber sido esa mujer… Seguro que vino aquí, vio el sobre vacío e intentó quitármela en La Gruta Dorada, pero se equivocó y se llevó la de Emilia Bravo…

—Andrés, ¿vienes? —le llamó Andrea interrumpiendo sus pensamientos.

La noche era cálida. Andrea había dispuesto la cena en la mesita de la terraza, al aire libre, pues apetecía.

Andrés sacó el televisor portátil al exterior, conectó el vídeo y se dispuso a ver, medio relajado, medio inquieto, una fantástica película de Steven Spielberg.

—Vaya, la cena está estupenda casi… casi has conseguido darle el mismo punto que le doy yo.

—Vanidoso… Es exactamente el mismo sabor. Tus pobres lecciones de cocina también están grabadas en mi cerebro, por desgracia, dicho sea de paso —rechistó ella.

Andrés la miró en silencio, después miró hacia el televisor donde estaba viendo “Regreso al futuro” y pensó ¿será posible que algunos crean que estas cosas ocurren solo en las películas?

Después de la película, Andrés le explicó sus sospechas a Andrea, pero ella ya las había intuido sin saber exactamente cómo.

—Creo que, de ahora en adelante, debes tener mucho cuidado, Andrés.

—¿Qué te parece que hagamos?

—Creo que se nos ha olvidado un detalle importante. Tú fuiste allí a destruir la máquina, pero el caso es que, por lo ocurrido, dejaste de hacerlo. Esa mujer sabe que recibiste una carta de nuestro tío, supondrá que conoces el lugar donde se encuentra y no te dejará ni a sol ni a sombra hasta que logre saber dónde está la máquina. Claro que tampoco sabe de mi existencia y de eso nos podemos aprovechar…

—De acuerdo, mañana iré al mercado como siempre; al salir, yo iré a la covacha. Tú, mientras, intentarás entorpecerla como puedas para que no me siga.

Ambos se miraron. Los dos sintieron que sus cerebros se cruzaban y que compartían una misma actividad.

—¿Sabes? —dijo ella—. He estado pensando acerca de si existo o no; aunque mi forma de empezar a existir no ha sido muy normal, la verdad es que me muevo, respiro y siento. El problema viene cuando tengamos que ponerme una etiqueta social, porque, vamos a ver, ¿tú quién eres? ¿Mi hermano, mi primo, mi padre y mi madre a la vez? ¿Quién?

—Simplemente, somos dos personas que se conocen desde hace muy poco, pero que, en realidad, se conocen de toda la vida —le contestó él con una sonrisa en los labios.

Dicen que dos personas que comparten una experiencia muy intensa están destinadas a amarse, al menos, por un largo período de tiempo. Esto parecía ser lo que estaba empezando a sucederles. Andrés comenzaba a sentirse cautivado por el atractivo de Andrea; Andrea estaba tan profundamente ligada a Andrés que los sentimientos brotaban en ella como la flor del almendro tras el otoño.

Transitar

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