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Mientras Andrea se preguntaba esto en voz alta, Dominoe estaba cumpliendo una misión rutinaria. Después de salir de la casa con sigilo, dio tres ágiles saltos sin el más mínimo esfuerzo y se encaramó en la copa de un árbol. A continuación, caminó por una de sus ramas. Sus ojos veían perfectamente entre la espesura de la noche.

Para aquellos que se incorporen a las aventuras de Andrés y Andrea, sepa el nuevo lector que Dominoe era una bonita gata blanca de atigradas rayas grises. Gata simplificada con una despampanante superespía de la Organización de Pobres Inconformistas, la O.P.I.; Andrés y Andrea la habían adoptado después del incidente. Y ahora que estamos todos listos, volvamos a la historia.

Dominó agarró con los dientes un cesto que colgaba de una de las ramas. En él había depositado, con mucha dificultad, durante el día, un sándwich de queso de tío Jorge, un zumito en tetra-brik y una manzana. Una vez bien agarrado, tiró de él hacia fuera y este se descolgó de la copa del árbol cayendo al suelo.

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—¡Ay! —se escuchó abajo. Dominoe maulló indiferente.

—Gracias, Dominoe, pero ten cuidado.

La voz que se escuchaba devoraba los alimentos al tiempo que decía:

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—Será “po” poco tiempo ¿sabes? Uhmm, qué bueno “tá”. La policía me “pechigue”, no puedo “da” la cara —tragó—. Pero en cuanto pueda, cogeré a ese profesor Rego y le obligaré a que te devuelva a tu estado original con esa máquina del demonio —siguió diciendo mientras volvía a masticar los alimentos con el ansia de quien no ha comido en todo el día.

Dominoe maulló resignada. Le hubiera gustado decir que ahora se encontraba feliz siendo gata y que había encontrado el amor de su vida en Cegato, pero no podía hablar con el lenguaje de los humanos; a pesar de que pensaba las palabras y las frases, no podía pronunciarlas con la lengua y la laringe de un gato.

De repente, Dominoe levantó las orejas, y un milisegundo después, dos linternas iluminaron el lugar. Afortunadamente para ella, consiguió desaparecer antes de que la luz incidiera sobre sus ojos, con lo que finalmente los focos solo iluminaron a un rostro conocido de rasgos orientales, una enorme cresta blanca y dos rayas negras, cada una de ellas atravesando sus mejillas.

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—¡Aro! —gritaron sorprendidos Andrés y Andrea.

Entonces, Aro, que no era ningún gato, sino otro superagente de la O.P.I., desapareció en la espesura del bosque casi con la misma agilidad felina de Dominoe.

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